Documentación de la
restauración de 1793
Habían pasado doscientos años de la estancia de la imagen del Señor en nuestro pueblo y se encontraba resentida. En 1.793, el hermano mayor, D. Diego de Aragón y Garay explicaba a la Clavería la decisión de restaurarla. En Noviembre de ese mis año, estaban concluidos los trabajos, los cuales consistieron en la recomposición del cuerpo, ojos de cristal, cabello de estuco, adaptación de la cruz de carey, enriquecimiento de la peana o paso con nueve libras de plata, así como potencias y corona de espinas de plata. Interviniendo el maestro dorador Diego Suárez, el escultor Felipe González, el orfebre Vicente Gargallo, el carpintero Manuel Maestre, el herrero Francisco Valiente y el carretero Juan Pastor, por un montante total de 2.210 reales de vellón. Para completar estas últimas adquisiciones, D. Diego de Aragón regaló la túnica bordada de oro con un costo de 3.218 reales en 1,795.

 


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© Hermandad de Ntro. Padre Jesús Nazareno
c/ San Juan Bosco 10, 12 Tlf.: 95 486 09 45
C.P.: 41710 Utrera (Sevilla)


El antiguo hospital de San Bartolomé, lugar de albergue de pobres, por diversas disposiciones de la curia, abandonaba su actividad, ayudado por la pujanza de la nueva cofradía penitencial nazarena. Finalizando el siglo, en 1.693, por apuntes de D. Juan del Rio, se reconstruía la capilla y, desde entonces, los historiadores locales del siglo siguiente nos hablan de una preciosa capilla de bóveda moderna, e incluso de la estancia del sublime Nazareno en la Parroquia Mayor, tal vez obligada por las obras. Seguidamente, en 1.702, se labró el altar mayor y recibía la Hermandad un magnífico donativo de 1.180 reales de vellón por la doncella ciega María González de veinticinco años, que le reditaban 24 reales anuales a la Cofradía. En este año, aún lejos del nacimiento de la Sra. Marquesa de las Amarillas, ya constaba la existencia, en la sacristía, de la cruz de carey y nácar con puntas de plata cinceladas a martillo, adquirida por sus cofrades y se encontraba el "Altar mayor con la efigie de Jesús Nazareno de bulto y vestidura con túnica de terciopelo morado cochinilla y su cordón de hilillo de milán."
Retablo Mayor
 
En este siglo de las luces, el número de miembros de la hermandad era pequeño y selecto, formado fundamentalmente por caballeros y algunos clérigos, y no existía la vida de hermandad tal como hoy la conocemos. Algunos acontecimientos destacaron por su transcendencia en este siglo. Así, el Viernes Santo de 1.707, predicó en San Bartolomé el tradicional sermón de pasión de después de recogida la procesión, el célebre capuchino Fray Isidoro de Sevilla, fundando la tercera hermandad del orbe católico de este tipo en Utrera, con el título de Hermandad del Rebaño de la Divina Pastora de las Almas. Tomó tanto auge esta corporación del Stmo. Rosario, que pleiteó -en 1.715- con la hermandad de Ntro. Padre Jesús, para poder labrar camarín propio. Aún hoy, podemos ver parte de las pinturas, que adornaban esta dependencia, en el salón de la casa-hermandad, realizadas por el seguidor de Murillo Juan Ruiz Soriano. Convivieron ambas hermandades bajo el mismo techo, hasta el traslado a Santa María, de la bellísima imagen de la Divina Pastora en 1.822.
 
Las viejas crónicas de 1.737, nos hablan de una gran sequía, denominada de "la seca universal", motivo que hizo procesionar al Señor en rogativas de lluvias, para remediar los males de nuestros campos.
 
Se sucedían hermanos mayores de apellidos ilustres, aunque no con títulos de nobleza (ya que éstos pertenecían más bien a los cofrades de la Soledad o del Rosario), cofrades acomodados y enamorados de Jesús, que no solamente participaban en la estación del Viernes Santo y en los gastos de la cofradía, sino que se prorrateaban los gastos extraordinarios, como podían ser una túnica nueva o la adquisición, a partir de 1.740, de una nueva peana o paso con incrustaciones de plata o unos faroles del mismo metal para el Nazareno, desgraciadamente vendidos en el siguiente siglo.
Esta Hermandad de los Nazarenos o de la Cruz de Jerusalén, llamada así por ser seguidora de su imagen Titular Nazarena, hacía su estación penitencial a la Parroquia Mayor. Comenzaba en la Vereda, continuando por calle Ancha en la madrugada del Viernes Santo. Después de cruzar el Altozano, bordeaba la muralla, para entrar, por la Puerta de Sevilla, en la Utrera de origen medieval. Seguía por la Alfalfilla y Antón Quebrado, para acceder a Santa María de La Mesa, donde cumplía la primera y más importante estación dentro de la Parroquia. Ya de regreso, salía por la calle Barandilla a la de la Puerta de la Villa, pasando por la Plaza Mayor o del Pescado por delante del Cabildo Municipal y de los presos de la cárcel. Llegaba a Santa Clara, realizando la segunda estación en el convento de monjas. Constituían la tercera y cuarta estación, el convento de Santo Domingo de la Orden de Predicadores y la importante parroquia del Señor Santiago el Mayor.
Nuevamente, cruzaba la Puerta de Sevilla y el Altozano por la acera contraria de la ida, para por distintas callejuelas, alcanzar la Vereda y terminar con la última y quinta estación, dando así cumplida cuenta de lo que ordenaban sus primitivas reglas, en el convento del Carmen. Todo era devoción y silencio, a veces roto por los salmos misereres de las comunidades de frailes o la melodía penitencial salida del oboe y del fagot. Acompañaba al cortejo, las cruces o mangas parroquiales y el clero, más los servidores pagados que llevaban la Cruz de la Toalla o el pequeño paso. El centro de la cofradía, como hoy, era la imagen de Ntro. Padre Jesús encima de una peana o urna con parihuelas, llevada por estos servidores vestidos de nazarenos, que se ayudaban de horquillas en las paradas. Además, una imagen de la Stma. Virgen, llamada Ntra. Sra. de la Encarnación, perteneciente a una cofradía agregada, posiblemente de origen en el extinguido hospital de la calle Ancha con el mismo nombre, completaba la procesión.
Con el final de este siglo, pronto iba a terminar la primera época de la Hermandad, el periodo de los caballeros y de las formas barrocas, para dar paso, en el cambiante y transformador siglo XIX, a unas maneras distintas, hasta llegar a la cofradía romántica propiciada por la nueva pequeña burguesía y, sobre todo, por el pueblo sencillo. Aunque el fervor a Ntro. Padre Jesús siempre permaneció imperturbable.
En sus principios, Rodrigo Caro, Memorial de 1.604, citaba a la Capilla de San Bartolomé y a la hermandad de los Nazarenos, y la consideraba ya como una de las principales de la entonces Villa. Y es que el Nazareno de Utrera, se adentró en el pueblo rápidamente y el pueblo de igual modo, se enamoró de Él.